Allen estaba sentado solo en la sala de estar, con un silencio tan inmenso que parecía presionar contra las paredes.
Las cortinas permanecían medio abiertas, dejando entrar una apagada franja de luz vespertina que cruzaba la mesa de centro y caía sobre sus manos.
Sus dedos sostenían un montón de tarjetas de crédito.
Negra. Plateada. Dorada. Platino.
Descansaban sobre su palma como simples adornos inútiles.
Tomó la primera entre los dedos y la giró lentamente, observando el tenue brillo de los n