La oficina estaba envuelta en ese silencio que solo aparece al final de la tarde.
La mayor parte de la planta ya se había quedado en calma. El lejano zumbido de las impresoras y las conversaciones apagadas que antes llenaban el espacio se habían desvanecido hacía horas, dejando únicamente el suave murmullo del aire acondicionado y el tenue tic-tac del reloj en la pared.
Mia estaba sentada detrás del amplio escritorio, con una pila de informes cuidadosamente ordenados frente a ella.
Su bolígrafo