La mañana llegó sin pedir permiso.
Se deslizó dentro de la habitación en finas franjas pálidas, rozando el borde de las cortinas, brillando sobre las barandillas metálicas y las superficies de vidrio que nunca dormían. El hospital ya estaba despierto—voces murmurando en los pasillos, carritos pasando, monitores marcando el ritmo de vidas que se negaban a detenerse.
Mia permanecía quieta, con los ojos abiertos, mirando el techo como si pudiera cambiar de opinión y venirse abajo.
Su cuerpo se sen