Entonces, en el momento en que su cuerpo se prepara para entregarse completamente al placer, me detengo. La dejo suspendida en el aire, al borde del abismo, suplicando alivio.
—¡Jajajá...! Todavía no, gatita mimosa... Todavía no mereces mi placer... —digo, con una sonrisa lasciva en los labios.
Estampo su trasero con fuerza, marcando su piel con la palma de mi mano, reafirmando mi dominación. Veo la frustración en sus ojos, el deseo en su cuerpo, la sumisión en su alma.
Retiro mi miembro de