—Camila, ¿te quedas vigilando a Bruninho? Está durmiendo arriba —pedí.
—¡Claro! Me quedo aquí descansando del viaje —aceptó, dejándose caer en el sofá.
—Alice, cinco minutos para arreglarte —ordenó Davi, en un tono que intentaba sonar duro, pero sus ojos solo me devoraban.
Subí rápidamente, me di una ducha rápida para quitarme el resto del sudor, me puse un vestido amarillo suelto de tirantes, sandalias y me recogí el pelo. Quedé mona, cómoda y ligera.
Bajé las escaleras.
—Estoy lista.
—Estás b