Volvimos a casa sobre el mediodía. Davi se dejó caer en el sofá con un suspiro pesado, pareciendo que había cargado piedras todo el día.
—Voy a preparar la comida —anuncié para la sala. —¿Quién me ayuda?
Subí primero al cuarto de Bruninho. Camila estaba allí, tumbada en el suelo, haciéndole cosquillas mientras él soltaba carcajadas ricas.
—¿Ha bajado la fiebre? —pregunté, aliviada.
—¡Le he quitado la fiebre, cuñada! —celebró Camila. —Está genial.
Bruninho me vio, se levantó corriendo y me dio u