Bruninho dio un bostezo gigantesco justo delante de nosotros.
—¡Vaya, qué boca de león! —bromeé. —¿Quieres dormir, mi amor?
Asintió despacio, apoyando la cabeza en mi hombro.
—Déjame a mí —Davi se ofreció, cogiendo al niño en brazos con una delicadeza impresionante para su tamaño. Lo sostuvo contra su pecho y subió al dormitorio.
Celina me miró nada más desaparecer por el pasillo.
—¿Qué le pasa a ese trasto? Tiene mala cara.
—Trabajo —mentí sin pestañear. —Lleva varios días sin dormir por una o