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Capítulo treinta y cuatro 

Llego al auto y acomodo todo antes de volver a conducir. Observo la hora en el reloj. 

¡Rayos! 

La cita con los alemanes es a las nueve.

Manejo lo más rápido que puedo y me estaciono en el primer puesto libre, tomo un sorbo de café y apenas muerdo del emparedado, veo a Andrews al pie del ascensor y apago el auto, agarro a Arturo, las donas y cierro

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