—Por favor, no te duermas —escucho la voz de Enzo a lo lejos.
Intento responderle, pero ni mi cuerpo, ni mi cerebro son capaces de hacerlo. Ya no siento los dedos de mis pies, solo los espasmos que me produce el frío azotando mi piel.
Enzo me deja sobre el suelo helado. No sé cuanto tiempo pasa, lo siguiente que siento son sus brazos rodeando mi cuerpo, y un ligero calor chispeante a mi lado. Debe ser fuego.
—Estarás bien, descuida. Yo te cuidaré —susurra en mi oído.
Le contesto que tengo frío,