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Salía de mis habitaciones cuando un alboroto en la galería me obligó a detenerme. Antes que pudiera girar para ver qué ocurría, un cachorro chocó contra mi pierna, y luego otro. Recuperaron el equilibrio sin detenerse y continuaron corriendo con un tercer cachorro. Tras ellos venía una de las hijas de Milo, corriendo también, y luchando por alcanzarlos sin tropezar en los ruedos de su vestido. Le indiqué que se detuviera y me volví hacia los cachorros conteniendo la risa.

¡Alto!

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