-Annabel-
Cuando Darius cerró la puerta, el silencio se volvió casi insoportable.
Podía sentirlo todavía ahí, al otro lado del pasillo, con esa energía suya que llenaba el aire incluso cuando no estaba presente.
Pero no podía permitir que pasara la noche en la misma habitación que yo.
Me quedé sentada en el borde de la cama, con el colgante entre las manos.
Era un pequeño medallón plateado, ennegrecido por el tiempo, con una piedra opaca en el centro que parecía absorber la luz de la chimenea.