Capítulo 28.
Capítulo 28
Arya.
Dicen que el tiempo cura heridas, pero quien haya dicho eso nunca tuvo una marca de Mate grabada en el alma, mientras su propia manada le apuñalaba por la espalda.
El tiempo no cura; solo endurece la piel hasta convertirla en armadura.
Me miré en el espejo del dispensario. Ya no era la muchacha pálida y asustadiza que huyó entre la nieve.
Mis caderas se habían ensanchado, dándome una presencia más imponente, y mis pechos, que alguna vez alimentaron a dos cachorros hambrientos, ahora llenaban el corpiño de cuero de mi uniforme de curandera.
Pero el cambio más real estaba en mis ojos: el brillo de la ingenuidad se había extinguido, reemplazado por una frialdad que mantenía a raya a cualquiera que osara acercarse demasiado.
—¡Sanadora Arya! —gritó un hombre entrando al dispensario del pueblo fronterizo de Umbra.
No levanté la vista de los morteros donde machacaba raíz de valeriana.
—Hay una fila afuera, Jarek. Aprende a esperar como los demás —dije, mi voz saliendo baj