Capítulo 18.
Capítulo 18
Arya.
El refugio abandonado de los cazadores era un alivio frío después de la desesperada huida.
La choza, oculta en un claro más allá del arroyo del Sauce, estaba hecha de troncos gruesos y desalineados. Era simple, sucia y olía a humedad, pero la pesada puerta de madera prometía un respiro de la vigilancia de la Manada de las Sombras.
Me desplomé en el jergón de paja polvoriento que Elara había mencionado. El viaje a pie por los senderos rocosos me había destrozado. El agotamiento era una presión física sobre mis sienes y mis músculos.
—Descansa, Akira —susurré, acunando mi vientre—. Ahora estamos seguras.
El instinto de protección de mi loba se había triplicado con el embarazo. Cada ruido del bosque, cada sombra, era interpretado como una amenaza directa a los cachorros. El miedo ya no era una emoción abstracta; era un dictado biológico para mantenerme oculta.
Me instalé. Encendí una pequeña hoguera con yesca y ramas secas, siguiendo las instrucciones de supervivencia d