El pasillo de piedra parecía girar a su alrededor mientras Livia se aferraba con desesperación a la pared, respirando con dificultad y entrecortadamente. El calor ya no era leve, sino implacable: se había convertido en un fuego salvaje que recorría cada nervio y cada parte de su cuerpo tembloroso.
Sus rodillas flaquearon y avanzó tambaleándose, apoyando la frente contra la piedra fría en un intento inútil de recobrar la estabilidad. Pero nada servía. Sentía la piel arder como si en sus venas co