—Livia… —la llamó una voz grave, ronca y profunda; una voz que hizo que el corazón de ella se detuviera por completo—. Sé que estás aquí.
Su respiración se cortó.
No. Él no. No ahora.
Pero ya era demasiado tarde: su aroma se filtraba por las rendijas de la puerta y se mezclaba con el de ella en una tormenta de calor primitivo. Y en el instante en que aquel olor llegó a sus sentidos, su determinación empezó a flaquear.
—Compañera… —susurró Lily con suavidad, con la voz llena de añoranza.
—No… de