Idan palmeó la cama indicándole al abogado que se acercara. Cielle no dudó para sentarse frente a él, dejando de por medio un pequeño espacio, lo suficientemente grande como para no invadir el espacio personal del otro, pero lo suficientemente cerca como para poder contemplarse mutuamente.
—Los ojos son el espejo del alma, dicen por ahí —pronunció Idan en un tono bajo, como si aquella conversación fuera un secreto que les pertenecía solo a ellos.
—¿Por qué te gustan tanto? —preguntó Cielle.