Levanté la vista de golpe, con los ojos muy abiertos. El aire se me quedó atascado en la garganta.
Emilian se inclinó ligeramente hacia adelante, quedando justo frente a mí, casi robándome el aliento.
—Así es, su familia me acusó de matarlo —repitió con calma, como si estuviera comentando el clima.
—¿De… matarlo? —repetí, casi sin voz.
De repente, todo cambió. Miré sus brazos fuertes, las venas marcadas, las cicatrices irregulares que recorrían su piel. ¿De dónde venían esas marcas? ¿Y si eran