Volví a casa nerviosa y no pude pegar un ojo durante el resto de la noche.
Los días siguientes fueron una montaña rusa de nervios. Trabajaba concentrada en el bufete, pero cada vez que mi timbre sonaba, temía que fuera Emilian. Lorenz, por su parte, seguía siendo el novio perfecto: mensajes cariñosos, llamadas para saber cómo estaba y planes para la semana.
El miércoles por la tarde recibí su llamada.
—Mi vida, necesito un favor grande —dijo con esa voz cálida que siempre me tranquilizaba—. Ten