Capítulo 87. No estamos solos.
Mientras tanto, el segundero del reloj del salón retumbaba en las paredes. Cada golpe sordo agobiaba a Fernando.
Estaba sentado en el borde del sofá. Tenía los puños apretados sobre los muslos. El vendaje limpio en su abdomen tiraba, recordándole la costura fresca. Le importaba una mierda.
Intentó ponerse de pie.
Camelia apareció frente a él de inmediato. Le apoyó una mano firme en el hombro sano. Lo empujó hacia abajo con fuerza.
—Si te levantas, te amarro a la silla —sentenció ella. Su voz fu