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Capítulo 2. Una oferta inesperada.

Fernando no había dormido bien. Pasó gran parte de la noche despierto, mirando el techo mientras las palabras de Camelia seguían repitiéndose en su cabeza. “¿Ya no me quieres o simplemente no quieres tener hijos conmigo?”.

No lo había dicho con rabia. Lo había dicho con un cansancio profundo, como si ya no tuviera fuerzas para seguir esperando. Y esa resignación le había dolido más que cualquier grito.

Se quedó mirando el techo un largo rato. Sabía que la estaba perdiendo. Lo sentía en la forma en que ella ya no lo buscaba con la mirada, en cómo evitaba tocarlo, en cómo cada vez hablaba menos. Y aunque quería retenerla, no sabía cómo hacerlo sin destruir todo lo que tenían.

Porque había algo que no quería darle. Algo que ella deseaba con toda el alma. Y mientras más tiempo pasaba, más sentía que estaba fallándole como hombre, como esposo.

Se levantó sin hacer ruido y se duchó. Mientras el agua caía sobre su espalda, una idea empezó a tomar forma en su cabeza. Una idea que, aunque no era del todo limpia, le pareció la única forma de ganar tiempo.

Si Camelia estaba ocupada… si tenía algo que hacer todos los días, algo que la mantuviera cerca de él… tal vez dejaría de pensar tanto en formar una familia. Tal vez la distancia que había entre ellos no seguiría creciendo. Tal vez aún podía salvar lo que quedaba de su matrimonio.

Cuando bajó a la cocina, Camelia ya estaba allí. De espaldas, preparando café. El cabello suelto le caía sobre la espalda y Fernando sintió el impulso de acercarse y abrazarla por detrás, como hacía antes. Pero se contuvo.

Se sirvió una taza y se apoyó contra la isla.

—Tenemos que hablar —dijo.

Camelia se tensó apenas, pero no se giró de inmediato. Terminó de servir su café antes de mirarlo por encima del hombro.

—¿Otra vez? —preguntó con voz baja.

Fernando respiró hondo.

—Sobre lo que dijiste anoche.

Ella bajó la mirada hacia su taza. No respondió.

Fernando continuó, eligiendo bien cada palabra:

—Sé que las cosas entre nosotros no están bien. Y sé que estás cansada. Por eso quiero proponerte algo.

Camelia levantó la vista. Había cautela en sus ojos.

—¿Qué?

—Quiero que vengas a trabajar conmigo. Como mi asistente personal.

Ella parpadeó, claramente sorprendida.

—¿En la empresa?

—Sí. Necesito a alguien de confianza que me ayude con la agenda, las reuniones y algunos asuntos importantes. Alguien que sepa cómo trabajo. —Hizo una pausa—. Y pensé en ti.

Camelia lo miró en silencio por varios segundos. Fernando notó cómo su expresión pasaba de la sorpresa a algo más complicado. Dudas. Esperanza. Desconfianza.

—¿Por qué ahora? —preguntó ella—. Nunca me habías pedido algo así.

Fernando sintió que la pregunta lo ponía contra la pared. No podía decirle que lo hacía para distraerla. No podía admitir que quería mantenerla ocupada para que dejara de pedirle algo que él no estaba dispuesto a darle.

—Porque creo que nos vendría bien —respondió—. Si estás ocupada, si tenemos algo en común todos los días, tal vez podamos estar más cerca. Tal vez las cosas entre nosotros mejoren.

Camelia se quedó callada. Se giró hacia la ventana, como si necesitara un momento para pensar. Fernando esperó, sintiendo cómo el silencio se volvía más pesado.

Finalmente, ella habló sin mirarlo:

—¿Y qué pasa con lo que te pedí? ¿Con lo de tener un hijo?

Fernando sintió que algo se le apretaba en el pecho. Ahí estaba de nuevo el tema que más temía.

—No es el momento, quizás después podemos ver ese tema —dijo, usando la misma respuesta de siempre. La que más la lastimaba.

Camelia soltó una risa corta, sin humor.

—Siempre dices lo mismo.

—Lo sé. —Fernando bajó la taza y dio un paso hacia ella—. Pero eso no significa que no quiera estar cerca de ti. Al contrario. Solo… necesito que confíes en mí un poco más.

Camelia lo miró. Había dolor en sus ojos, pero también algo que se parecía al cansancio de quien ya no sabe qué más hacer.

—¿Y si sigo queriendo lo mismo? —preguntó bajito—. ¿Qué pasa entonces?

Fernando no supo qué responder. Porque la verdad era que no tenía una respuesta que pudiera darle sin destruirla.

Se quedó callado.

Camelia lo observó un segundo más y luego suspiró, como si ya esperara esa reacción.

—Está bien —dijo al fin—. Lo intentaré. Iré a trabajar contigo. Pero si esto no cambia nada… si sigo sintiéndome igual de sola, entonces tendremos que hablar en serio. Muy en serio.

Fernando asintió. Sabía que no era una victoria. Era solo una tregua temporal.

—Empiezas mañana —dijo—. Yo me encargo de todo.

Camelia asintió también. Dejó su taza en el fregadero y, al pasar junto a él, Fernando extendió la mano y la tomó suavemente del brazo.

Ella se detuvo.

—Gracias —susurró él.

Camelia lo miró. Por un segundo pareció querer decir algo más, pero al final solo asintió y se soltó con delicadeza.

—Voy a vestirme —murmuró, y subió las escaleras.

Fernando se quedó solo en la cocina, con las manos apoyadas en la isla y la cabeza gacha.

Sabía que estaba jugando con fuego. Que tarde o temprano Camelia descubriría que había algo que él le estaba ocultando. Pero por ahora, solo necesitaba tiempo.

Tiempo para encontrar la forma de no perderla cuando se enterara de la verdad, aunque cada día que pasaba, sentía que se le estaba acabando.

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