Capítulo 123. El secreto al descubierto.
—No escondo absolutamente nada —escupió el prisionero.
La voz le salió ronca. Áspera. Cargada de molestia.
Camelia no retrocedió. Se quedó de pie frente a la silla de hierro. Sus ojos oscuros recorrieron el rostro pálido del joven. Vio el sudor en su frente. Vio la respiración acelerada. Vio el temblor casi imperceptible en su mandíbula apretada.
—Mientes —sentenció Camelia.
—Piensa lo que quieras —respondió el joven, tirando de las esposas plásticas—. Llama a tus guardias. Llama a tu marido. Q