Una lágrima que cayó sobre el frío suelo de cemento pareció devolver a Isabella a la realidad. Se limpió el rostro con brusquedad usando ambas manos temblorosas, apartando las lágrimas que le escocían y empañaban los ojos.
No puedo rendirme ahora. Luisa y papá me necesitan.
Isabella recogió de inmediato el teléfono que yacía en el suelo y se puso de pie, soportando el peso de sus piernas, que todavía se sentían débiles. Se dio la vuelta, cancelando su intención de entrar al salón de clases. Sol