Isabella se quedó inmóvil en el umbral del frío salón de clases. Su mirada permaneció clavada en la pantalla del teléfono, observando fijamente la fotografía de Fernando y Luisa sentados, exhaustos, sobre el húmedo suelo de cemento.
El rostro de Luisa estaba pálido, con restos de lágrimas secas en las mejillas, mientras su padre agachaba la cabeza con resignación, con la comisura de los labios amoratada y la frente marcada.
Una sensación helada recorrió las plantas de sus pies y ascendió rápida