El rugido del motor del auto que conducía Isabella atravesaba las calles de la ciudad a una velocidad superior a la habitual. Sus dedos apretaban con fuerza el volante, hasta que las palmas de sus manos se humedecieron por el sudor frío.
A su lado, sobre el asiento del copiloto, el dispositivo de brute force negro permanecía inmóvil, recordándole constantemente que el tiempo se agotaba y que su cordura se desvanecía poco a poco.
A Isabella solo le tomó poco más de diez minutos llegar al imponen