Gracia parecía haber perdido la cordura.
Acomodaba las sábanas con cuidado, alisando los pliegues con las yemas de los dedos. Luego, con un movimiento rápido, descorrió las cortinas y dejó que la luz de la mañana bañara la habitación.
—Ya es hora de despertarse, señor Fuenmayor —murmuró con una sonrisa cansada, aunque él seguía igual, inmóvil, con el rostro sereno.
Se sentó a su lado y tomó su mano, como lo hacía todos los días desde hacía más de dos meses. Su vientre redondeado se apoyó suavem