43. La esposa de otro
Durante las siguientes dos horas, Remo se dedicó entero a Marianné.
Le recordó lo bien que se sentía montar a caballo y con paciencia la instó a hacerlo después por su cuenta, sin su ayuda, y es que aunque al principio Marianné se mostró nerviosa al subirse al lomo de soledad, esta se portó a altura y terminaron por congeniar muy bien.
Remo sonrió más que encantado, y un tanto nostálgico también, pues no había visto a soledad tan receptora con nadie desde la muerte de Florencia.
— Le agradas