22. Desatar la guerra
Una mucama llamó a la puerta despacio para cambiar las sábanas. Era la misma que había enviado Priscila para que la mantuviera informada de lo que pasaba en esa habitación esa madrugada, y al entrar, se quedó asombrada, no solo por el hecho de verlos dormidos, juntos, sino por la forma en la que sus manos, sin intención se entrelazaban.
Entró con cuidado y dejó el juego de sábanas limpio a los pies de la cama, en el pequeño baúl, y al salir, echó mano a su móvil.
Entonces llamó.
— ¿Señora? —