El hombre aún vestía su impecable traje negro; en su mano sostenía la última rosa blanca que le quedaba. Sus ojos hinchados observaron a Christian con una expresión que este no pudo descifrar. No era ira. No era arrogancia. Era... dolor; había un profundo dolor allí.
—Christian —saludó Dominic, con voz baja y ligeramente ronca.
Christian permaneció inmóvil. Sus ojos enrojecidos recorrieron a Dominic con cautela. Sacó la mano que tenía en el bolsillo del pantalón y la dejó caer a su costado.