Dominic el temerario.
Dominic abrió los ojos. Con su mano aún manchada de sangre, sacó el teléfono del bolsillo de su saco. La pantalla se iluminó, mostrando una larga lista de contactos. Sus dedos, que temblaban por la rabia, se deslizaron por la pantalla buscando el nombre adecuado.
Lo encontró.
Dominic presionó el nombre y la llamada se conectó. El tono sonó una, dos, tres veces.
—¿Señor? —la voz de su subordinado al otro lado de la línea sonó educada, cargada de respeto.
Dominic no perdió el tiempo.
—Tengo un