Dominic caminó desde la cocina hacia la puerta principal. Su saco negro estaba impecable; la camisa blanca debajo no lucía ni una sola arruga y la corbata gris oscuro estaba perfectamente anudada en su cuello esbelto. Su cabello castaño, peinado hacia atrás, no dejaba que ni un solo mechón cayera sobre su frente. Tenía el rostro fresco, la mirada afilada y la mandíbula firme. Lucía como el epítome de un ejecutivo joven y exitoso, no como el hombre que había pasado la noche abrazando a su sirvie