Christian permanecía frente a ella, inmóvil. Su pecho subía y bajaba con agitación. Sus manos, antes apretadas en puños, se abrieron lentamente. Sus ojos enrojecidos observaban a Bella mientras ella se deshacía en llanto. No brotaba ni una sola palabra de sus labios.
Bella apartó las manos de su rostro. Su mirada empañada buscó la de Christian con un terror absoluto.
—Christian... por favor... no me dejes —suplicó Bella con voz trémula—. Sé que me equivoqué. Sé que no te merezco. Sé yang no s