Esa mañana, el campus de la Universidad de Ashford Hills se sentía más desierto que de costumbre. La luz dorada del sol matutino aún se filtraba entre el follaje de los frondosos árboles que bordeaban el sendero, dibujando matices luminosos sobre el césped, aún húmedo de rocío. La atmósfera del campus, habitualmente efervescente por el constante ir y venir de los estudiantes, percibíase esta vez más silenciosa, como si la naturaleza estuviera conteniendo el aliento a la espera de que algo suced