El auto de Christian avanzaba a gran velocidad por las calles de Ashford Falls, que comenzaban a animarse con el tráfico matutino. Los dorados rayos del sol se filtraban por el parabrisas, creando destellos sobre el tablero de su vehículo impecable. En el interior del habitáculo, la atmósfera se sentía tensa, pero impregnada de una felicidad imposible de disimular.
Christian permanecía erguido en el asiento del conductor; sus manos grandes y ásperas sujetaban el volante con firmeza. Sus ojos os