Esa noche, el aeropuerto internacional de Madrid se sentía más solitario de lo habitual.
Las luces de la terminal permanecían encendidas, proyectando destellos sobre el brillante suelo de mármol blanco. Los anuncios de los vuelos resonaban por toda la estancia, mezclándose con el rumor de los pasos de los viajeros y el rodar cansado de las maletas. Algunas personas aguardaban en los asientos de plástico blanco con el rostro fatigado: unas dormitaban apoyando la cabeza contra la pared, mientras