Esa noche, el restaurante de lujo que momentos antes se percibía cálido y elegante, se transformó de pronto en un recinto impregnado de tensión. Las arañas de cristal que proyectaban una suave luz dorada resultaban ahora deslumbrantes. La música clásica, antes pacificadora, se volvió una molestia impertinente. El ambiente, de naturaleza romántica, mudó en una atmósfera opresiva.
Dominic permanecía sentado en su silla con el cuerpo rígido. Sus ojos oscuros clavaban en Rachel una mirada incisiva,