El lujoso automóvil negro avanzaba a paso lento por las calles de Madrid, que comenzaban a quedarse desiertas. Las luces de la ciudad centelleaban en la distancia, componiendo una estampa fascinante, pero no había nadie allí para apreciarla. En el interior del vehículo, la atmósfera se percibía pesada, impregnada de una furia contenida.
Dominic permanecía sentado en el asiento posterior con el cuerpo vencido por el alcohol. Se había despojado de su saco negro, el cual yacía sobre el asiento con