El vestíbulo del hospital general de Madrid se sentía más gélido de lo habitual.
Las luminarias del techo permanecían encendidas con intensidad, arrancando destellos al reluciente suelo de mármol blanco. El penetrante olor a antiséptico y fármacos flotaba en cada rincón, entremezclándose con el aroma a café que emanaba de una máquina expendedora en la esquina del recinto. Varias enfermeras transitaban con pasos presurosos y algunos familiares de los pacientes abarrotaban las sillas de plástico