La noche se hacía cada vez más profunda en la lujosa mansión de la familia de Ana. El reloj de pared antiguo de la estancia marcaba las once y media. La residencia, que solía percibirse cálida y majestuosa bajo el brillo de sus lámparas de cristal, ahora se sentía fría y sumida en el silencio. No se escuchaba la risa jovial de Ana, ni el compás de sus pasos ligeros sobre el suelo de mármol, ni se percibía tampoco ese aroma a perfume costoso yang solía esparcirse por cada rincón de la casa.
Domi