El corazón me latía con tanta fuerza que sentía que iba a romperme el pecho. Cada latido dolía, pesado, desesperado, como si mi propio cuerpo intentara huir por mí.
Quería salir corriendo de ese lugar.
Quería desaparecer.
Quería no estar ahí.
Pero no podía.
Estaba petrificada.
El hombre a mi lado parecía un cerdo. Rondaba los cincuenta, con una sonrisa torcida, enfermiza, de esas que no prometen nada bueno. De esos hombres que disfrutan el dolor ajeno, que se alimentan del miedo… y lo saborean.