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Bajo las escaleras con pereza, en busca de ese embelesador olor a café recién hecho que se impone al olor a canela que siempre suele haber en casa. Entro en la cocina, donde mi madre ya está levantada y lista para irse a trabajar, o eso parece. Me sorprende gratamente que haya tenido ganas de prepararme café a pesar de que parece estar apurada.

Me acerco hasta la isleta de la cocina más alejada de la puerta y me siento en uno de los taburetes que encuentro.

—Buenos días —saludo.

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