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El Livingston más cotizado de Nueva York está en su mejor momento como CEO en la empresa que heredó de sus padres: «Livingston Aurea Fashion». Sin embargo, su abuela, quien lo crió desde que tiene nueve años, ya que sus padres murieron en un accidente, le ha puesto un alto a su desorden 'amoroso-sexual' (así le llama la patriarca para que no suene tan vulgar lo que su querido nieto hace con las mujeres, incluso con las modelos de la empresa).
Su estatura de 1.80 m es atrayente para las mujeres. Es musculoso, viste a la perfección y sí... es perfecto en todos sus aspectos. Todas se rinden a sus pies, humillándose y cumpliendo todos sus caprichos con tal de pasar tan solo una noche, ya que el guapo hombre tallado por los dioses no repite; como dice él: «un solo polvo y adiós».
Justo cuando iba a pasar un momento demasiado agradable para él junto a una de las nuevas modelos que le hizo ojitos desde que la vio, abren la puerta de par en par. —¡Otra vez!— exclamó la patriarca, golpeando el fino suelo con su bastón y demostrando su disgusto.
—Abuela, te he dicho que toques la puerta —se abotona el pantalón con obstinación.
—Señora Livingston, es un placer conocerla... —la chica se acomoda rápido el vestido.
—¡Fuera de aquí!— La patriarca lanza una mirada asesina sobre su único nieto, a quien parece no importarle absolutamente nada.
—Pero yo... he venido para la entrevista —intenta explicar.
—¡Fuera!— volvió a exclamar con dureza. La chica volteó a mirar a Maximus Livingston, pensando que el hombre la defendería o que quizá sus preciosos ojos azules intensos la mirarían con piedad. Lo único que encontró fue un rechazo que la hizo sentirse pequeña entre los dos, así que salió corriendo de la elegante y refinada oficina. —¿¡Hasta cuándo?!— La señora lo mira con desdén. —¿¡Dime cuándo diablos vas a sentar cabeza!? Tienes 26 años, Maximus. Tienes una lista de mujeres de alta sociedad interesadas en ti.
—En mi dinero, en mi poder, abuela —se acerca al minibar para servirse un trago.
—¿Y qué? Nadie de nuestra familia se ha casado por amor, y como no piensas tomarte en serio algo tan importante como dar herederos a la familia, ¡entonces tendré que tomar cartas en el asunto! —habla con determinación. No obstante, Maximus toma asiento en su gran silla de jefe. Se ve despreocupado, y eso es algo que enfada aún más a la patriarca: —Desde que tus padres...
—No quiero hablar de mis padres —dijo, pues es una herida que no ha sanado. Era el día de su cumpleaños cuando tuvieron ese accidente que le arrebató la vida. Fue un tiempo muy difícil.
—¡Tendremos que hablar, te guste o no!— La patriarca golpea el suelo con su bastón, demostrando su autoridad: —Les prometí a tus padres que me haría cargo de ti, que te cuidaría y que iba a hacer de ti un hombre de bien.
—¡Soy un CEO exitoso! ¡Eso debería bastarte!
—¡¡Debes entender, Maximus, que si no te casas, muere nuestro apellido! ¡Necesitamos continuar con nuestro legado!!
—¡Pero aún estoy joven!
—¡¡Suficiente!!— gritó, ya harta de que él no lo entendiera: —Todos en esta familia hemos sacrificado nuestra vida amorosa y, de una vez te digo, que yo no acepto como esposa a esa novia que tienes, a esa tal Ariel...
—Aria, abuela, se llama Aria.
—¡Como sea! ¡No la acepto! Debes tener una esposa normal, una mujer que no sea «puro plástico», que se vea la nobleza en su mirada. Una mujer hermosa para que tus hijos tengan buen linaje.
—Es absurdo —Maximus se bebió el trago a fondo; su abuela lleva dos años con el mismo tema.
—He sido paciente contigo, pero eso se ha acabado.
—¿A qué te refieres?
—Pensarás que soy una bruja, pero todo lo hago por tu bien y por cumplirle a mi hijo y a tu madre. Si no te casas en menos de un mes, quedas fuera de mi herencia.
—No puedes hacer eso... —sonríe, pues como es el único heredero, no cree que su abuela haga eso.
—Aunque eres mayor de edad, aún no tienes posesión de todos los bienes Livingston. Todo está en mi poder, y aunque seas el único nieto, prefiero dejarte fuera de la herencia y donar todo a fundaciones que sé que harán algo productivo con el dinero y no lo gastarán en fiestas y mujeres.
—Abuela... tú no me harías eso. Como único heredero, todo pasa a mis manos.
—¡Pues yo te digo, Maximus Livingston, que si no te casas en menos de un mes, quedarás en la ruina total! ¡A ver si una de esas mujeres seguirán a tus pies!— La patriarca se dio la vuelta y salió de la oficina donde la esperaba su fiel mayordomo, Douglas.
Maximus se sintió estresado con la exigencia de su abuela. Tener que casarse y tener un hijo por obligación le irrita. Así que lanza el vaso vacío a la pared más cercana para desahogar un poco su furia. Piensa una y otra vez: ¿dónde conseguirá una mujer como la exige su abuela?
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¡Felicidades, Rosie! —Su jefa, Scarlett, la abraza.
—¿A qué se debe esta celebración repentina? —Mira algo nerviosa a sus compañeras.
—¡Que has logrado unir oficialmente a otra pareja! ¡Ya es tu número 30! —dice emocionada. Rosie sonríe, aunque por dentro... se ilusionó sola. Pensó que por fin sería su ascenso, ese que necesita para ganar más dinero y así pagar una deuda que la tiene con la soga al cuello.
—¡Genial! —sonríe forzosamente.
—Vamos a mi oficina. Hay algo de lo que quiero hablarte y será muy importante en tu carrera como Cupido, como la casamentera más popular de mi empresa. ¡Chicas, ya se pueden ir! ¡Hasta mañana! —se despide del grupo de mujeres que hacen parte de su equipo.
Rosie se deja guiar hacia la oficina de su jefa y, lamentablemente, se vuelve a ilusionar con el ascenso que tanto anhela y necesita. —Cierra la puerta, querida. Lo que te diré es confidencial.
—¡Oh, claro! —procede a cerrar la puerta.
—Toma asiento porque esta noticia te dejará sin aliento.
—Claro... —la chica hermosa de ojos «verde joya» toma asiento. Sus manos empezaron a sudar. Al tomar asiento, pasa saliva y su corazón palpita con fuerza: —¿Qué es eso tan importante?
—Rosie, esto será importante para ti. Eres de las mejores casamenteras que tengo en mi empresa, así que cuando recibí esa llamada importante, pensé primeramente en ti porque mereces ese puesto —Rosie sonríe. Las palabras de su jefa le están brindando la seguridad de que es lo que piensa.
—Por favor, jefa, me tienes con los nervios de punta. Dime qué es eso tan importante.
—Bien —la jefa retoma aire y luego, con gran emoción, dijo: —¡Serás el Cupido, la casamentera de nada más y nada menos que de Maximus Livingston! —Lo dijo tan emocionada que la expresión de Rosie le bajó el ánimo. —Pensé que eso te iba a emocionar, querida... cualquiera quisiera tu puesto.
—Lo siento, pero me niego a ser parte de ello. Maximus Livingston y yo somos agua y aceite, somos FUEGO Y AGUA. Además, no tolero su presencia; es un presumido, engreído, es egoísta y no tiene nada de humildad... es, es... —Ella hace silencio, por lo que su jefa continúa.
—Es guapo, guapísimo, y debes admitirlo, además de multimillonario. Él está dispuesto a pagar una gran suma de dinero por conseguirle la esposa perfecta, Rosie.
—Lo siento, jefa, pero me niego a trabajar con ese hombre —tocan la puerta y Rosie se pone de pie.
—Lo siento, pero no hay marcha atrás. El señor Livingston acaba de llegar —Rosie, al oír eso por parte de su jefa, siente su cuerpo temblar. Su peor pesadilla está por hacerse realidad: volver a toparse con el CEO frío luego de tanto tiempo.







