Mundo ficciónIniciar sesiónRossie muerde la punta de su lengua. Tiene un gran debate interno: tragarse su orgullo y ser astuta para aprovechar la oportunidad, o dejarlo ir con su arrogancia y grandeza. Pero literalmente las deudas la tienen ahogada. Suelta un largo suspiro y se apresuró a alcanzarlo. Al verlo caminar hacia el ascensor, se acerca rápidamente.
—¡Señor Livingston! —lo menciona con una sonrisa maliciosa—. ¡Usted no puede despedirme! En general eso lo haría mi jefa, pero usted no puede hacerlo.
—El que paga soy yo, así que no tolero tu presencia. Mantén la distancia —dijo presionando el botón y las puertas del ascensor se abren e ingresa. Se da la vuelta para mirarla con desdén.
—No puede despedirme porque soy la mejor opción que tiene, señor Livingston. Si le asignan otra casamentera, seguramente terminará entre sus sábanas.
Ella, al ver que las puertas del ascensor se iban a cerrar, interviene colocando su mano para detenerlas.
—¿Qué tan segura estás de que no terminarás en mi cama? —Su pregunta la sonroja, literalmente hasta las orejas—. No hay mujer que se resista, pero descuide, usted no está en mi lista de deseos. Ahora hágase a un lado, tengo cosas importantes que hacer en vez de estar hablando con una mujer como tú.
—¡Usted no causa ningún impacto en mí, señor Livingston! A cambio, mis compañeras se volverían locas. Yo me tomo mi trabajo en serio. Prometo darle la esposa que necesita. Empecemos de cero.
Lo mira y, de cierta forma, eso es exactamente lo que Maximus necesita en este momento: que la casamentera sea seria y no se relacione con él. Necesita esa esposa con urgencia para no perder su posición de millonario.
—Tomaré su silencio y mirada fulminante como un sí —ella se hace hacia atrás y las puertas del ascensor se cierran lentamente. Maximus aprovecha para recorrer su intensa mirada sobre Rosie, preguntándose una y otra vez: ¿Por qué ella no se vuelve loca por él?
—¡Seguramente le gustan las mujeres! —dijo—. Esa forma de vestir es patética, es horrenda. Es increíble que esté haciendo esta m****a. A esta hora tendría a la modelo más hermosa esperándome en una habitación suite, dispuesta a complacerme. ¡Joder! Jodida la hora en que mi abuela se encaprichó con que tenga que casarme para recibir la herencia. Espeta furioso, pues su sangre hierve cada vez que lo piensa.
Por otro lado, la pobre Rosie soltó el aire retenido y aquella sonrisa maliciosa que mostraba seguridad se esfumó. Estar frente a Maximus es como si le faltara literalmente el aire, como si su mundo se hiciera pequeño. No entiende por qué, después de tantos años, ese hombre aún le sigue gustando.
—Definitivamente necesito un novio —dijo y se dirigió a su oficina—. Debo cumplir con mi trabajo y tener ese ascenso. Necesito este puesto. ¿Qué tan malo es ser la casamentera de Maximus Livingston? Sé sus gustos físicos y de eso tengo una larga lista. Será pan comido, será como en un abrir y cerrar de ojos: me gano mi gran comisión y listo, se termina la tortura. No lo vuelvo a ver en mi vida.
Eso pensó Rosie para darse ánimos. Y es que no durmió en toda la noche; la pobre chica tenía pesadillas con su horrible recuerdo en el baile de graduación. Eso dejó en ella un pánico que no ha podido superar.
Al sonar su alarma se dispuso a ponerle buena vibra al día.
—Iré a su empresa, le muestro mi lista y él elegirá seguramente a la más pechugona. Y esto terminará. Tú puedes, Rosie. Debes ser tan dura como una roca.
Se organiza lo mejor posible, aunque… optó por un vestido que según ella se ve muy bien, cuando realmente fue un total rechazo en cuanto Maximus Livingston la ve entrar a su oficina.
—¡Creo haberte dicho que estabas despedida!
—Después de todo me dejó pasar. Si no le hubieras dicho a tu secretaria que me fuera… Hagamos esto rápido, sin tantos problemas, señor Livingston.
Coloca una lista con fotografías y descripciones de cada chica.
—¡Estas mujeres están dentro de sus gustos!
—¿Dónde diablos compraste ese vestido? —Maximus no se pudo aguantar. Claramente lleva tiempo sin diseñar, pues su inspiración se esfumó de un momento a otro. Solo le exige a los diseñadores obras únicas y llamativas. Su papel es ser un CEO impecable y que las sesiones de modelaje siempre sean las mejores, por eso es tan, pero tan exigente.
—¿Yo le muestro a su futura esposa y usted se fija en mi vestido?
—Es horroroso. Debería darte vergüenza vestir así. Si vas a ser mi casamentera, debes vestir bien. Es inaceptable que un CEO como yo se vea con una mujer que viste así.
—¡Usted es muy grosero! Yo podré vestir mal como usted diga, pero me siento cómoda y eso es más que suficiente. No todos en esta vida tenemos las mismas oportunidades como otros que nacen en cuna de oro —se cruza de brazos con el ceño fruncido.
—¿Acaso crees que ser lo que soy es sentarme aquí y dar órdenes? ¡Tonterías! Como sea que te llames…
—¡Harper! ¡Soy Rosie Harper! —soltó ella con enojo—. Definitivamente intento hacer mi trabajo, pero usted todo lo complica, señor Livingston. ¡Suerte con encontrar una esposa!
Al darse la vuelta, el vestido quedó enredado con el borde de la silla y, como su enojo le causó un arrebato, se le rompió al ejercer fuerza para soltarlo e irse. Su vergüenza la hace querer que la tierra se abra y se la trague.
—¿Esa es su forma de seducirme? ¿No era que usted no cae a mis pies? —Maximus logra admirar cierta desnudez de Rosie y aunque su vestido es horrible y de pésima calidad, las bragas que trae puestas llaman su atención.
—¡No ve que es un accidente! ¡Sea un caballero en vez de estar mirando lo que no se le ha perdido, señor Livingston! —ella intenta cubrirse, intenta unir la tela rota.
—¿Mirarla a usted? Créame que no me interesa. Le diré a mi secretaria que traiga algo para usted y espero que con eso se vaya y no tener que volverla a ver. Créame que es la mujer más desesperante que he conocido —se dispone a llamar a su secretaria.
—¡Maximus, hijo! —le saluda la patriarca, quien lo tomó por sorpresa con su visita.
Rosie al verla sabe perfectamente quién es. La patriarca en sus años fue una famosa modelo.
—Abuela, ¿qué haces aquí? Estoy ocupado.
—Jefe, a sus órdenes —llega la secretaria.
—Trae un vestido para ella, talla M —ordena y Rosie se sonroja. ¿Cómo dio con su talla? Siente que le falta el aire.
La señora Livingston posa su mirada sobre Rosie.
—Ay… no me digas, Maximus, que por fin… —la abuela sonríe ampliamente—. Has elegido muy bien, hijo. Ella es la indicada. No es como esas mujeres con las que has salido. Es linda, mira esos ojos, su piel es perfecta.
Rosie mira a Maximus intentando saber lo que sucede.
—Será una excelente esposa.
—¡¿Esposa?! —exclamó Rosie y luego se atragantó con la saliva, empezó a toser.
—Abuela, aquí hay un er… —intentó explicar, pero la señora Livingston lo interrumpió.
—¡Ningún error! Esta es la candidata perfecta para que sea tu esposa, la futura señora Livingston.
Rosie abre los ojos de par en par y siente que el suelo tiembla bajo sus pies.







