El silencio cae pesado en la oficina y Maximus mira a su abuela con enojo, pero sabe que no hay escapatoria. Se gira hacia Rosie, quien lo observa con una mezcla de miedo y anticipación. Con un gesto de frustración, agarra su rostro con ambas manos, suave pero firme. La mira a los ojos, y ella a él. En ese instante, el mundo se reduce a ellos dos: sus pupilas dilatadas, el aliento cálido.
Y de repente, la besa.
Es un beso jodidamente prendido, como un incendio que devora todo. Maximus presiona