OLIVIA.
OLIVIA
Creí que habíamos muerto, pero los muertos no respiran y menos así. Tampoco creo que se cansen y menos que disfruten de estos actos tan valiosos; con todo el respeto que se merece el más allá.
Abracé a Carlos, sobé su espalda soportando el peso de su anatomía, barriendo el sudor con mis palmas, o quizás echando más; O tal vez empapando aquel terreno con gotas que parecían no secarse.
Quería hablar, decirle todo lo que me había hecho sentir. ¿Pero cómo hacerlo con la garganta cerr