El jet privado de Zayd cruzaba el océano Atlántico a una velocidad imponente, suspendido en una noche eterna y rodeado por el lujo silencioso de su cabina de primera clase. Las tres horas de vuelo reglamentarias habían transcurrido bajo una tensión asfixiante. En un rincón del salón de cuero, apartada de la luz principal, Amira permanecía sentada con la mirada fija en el vacío de la ventanilla. La humillación de la bofetada todavía le escocía en la mejilla, pero el odio que le quemaba las entra