El tintineo de las copas de cristal y las risas que Thiago ponía en boca de Anastasia parecían suceder en una dimensión lejana para Mónica. El segundero de su teléfono avanzaba con la frialdad de una ejecución, devorando los veinte minutos de tregua que Boris le había concedido. La palidez que se extendió por su rostro fue tan súbita que el pulso en su cuello se volvió una línea errática y visible.
A pocos metros, la mirada de Mike no se distraía con la champaña. Él conocía a Mónica desde hacía