El aire en el despacho temporal de la Bratva se sentía espeso, cargado de rabia y humo de cigarrillos rusos. Damián Petrov caminaba de un lado a otro como un lobo enjaulado, con los músculos tensos y la mirada desquiciada. Con un rugido gutural, lanzó una pila completa de carpetas contra la pared, haciendo que los papeles volaran como hojas muertas.
—¡Inútiles! ¡Una semana completa y todavía no tienen ni una puta coordenada del gringo! —bramó, con la voz ronca de pura ira—. ¡Alaric Turner no pu