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—¡Dijo que sí! — La sonrisa de Franklyn, de alguna manera, alegraba su corazón, le daba una dicha inexplicable, eso que tan solo hacía unas horas lo había conocido; sencillamente la vida era como un laberinto; de alguna manera extraña encontrabas la salida.

—Felicidades a los dos; aunque recién los conozco, se nota en sus ojos lo enamorados que están. Les auguro una vida feliz.

Sebas observaba a una distancia prudente; esa sonrisa removía cada fibra de su ser, pero simplemente no debía.

—Pareces ser demasiado perfecta, pero nunca como ella.

—Hola, guapo, ¿por qué tan solito? No te veo desde el cumpleaños de Frank. —Era una rubia, oxigenada, una mujer que a leguas se notaba todas las operaciones que se había realizado, además del maquillaje tan recargado. Estaba a la caza y había visto a su presa, una que siempre huía de sus garras.

—Hola, Epifanía.

—Bom bom, qué olvidadizo eres, soy Estefanía, no Epifanía, ¡qué feo nombre, por Dios! —sabía perfectamente que no era así; en una ocasión
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