AURORA
—¡Está demente! ¡Completamente demente! —exclamo, tirando los zapatos con rabia contra la alfombra de mi habitación en la mansión.
Gabriella, que está terminando de acomodar las sábanas limpias en la cama y recogiendo la ropa del perchero, se detiene en seco. Se gira hacia mí, sosteniendo la colcha entre las manos, y me mira con esa preocupación protectora de siempre.
—¿Qué pasó ahora con el señor Thorner, niña? —pregunta, dejando las sábanas de lado.
—Me acaba de llamar de la oficina. Q