AURORA
Él se inclina y me planta un beso lento en los labios. No es rudo como los del lago; es pausado, casi protector, pero mantiene esa intensidad posesiva que me contrae el estómago. Sus dedos me delinean la línea de la mandíbula, bajando por mi cuello con una caricia suave que me eriza la piel.
—Sé que es demasiado para ti —admite, acomodando un mechón de mi cabello húmedo detrás de mi oreja—. Pero necesitabas verlo. Las palabras no habrían bastado para que entendieras el peligro en el que